
– Creo que me he enamorado -añadió él.
Esbozó una amplia sonrisa en su rostro delgaducho mientras alguien le llamaba a gritos. Era su novia, una rubia de bote vestida con ropa deportiva. En una mano sostenía un paquete de cigarrillos y en la otra un móvil, pegado a la oreja. Ella le había proporcionado la coartada para la hora en que se produjo la agresión junto con otros dos amigos.
– Creo que le reclaman.
– Pero yo la quiero a usted, Siob.
– ¿Me quiere? -replicó Siobhan aguardando a que él asintiera con la cabeza-. Entonces avíseme la próxima vez que vaya a pegar a una desconocida.
– Deme su número de teléfono.
– Búsquelo en el listín, en la sección «Policía».
– ¡Marty! -gruñó la novia.
– Nos veremos, Siob -añadió él sin dejar de sonreír caminando de espaldas unos pasos antes de darse la vuelta.
Siobhan fue directamente a St Leonard para repasar el expediente de Fairstone y una hora después le pasaron una llamada de la centralita. Era él, que la llamaba desde un bar. Colgó. Diez minutos más tarde volvía a insistir… y otra vez diez minutos después.
Y al día siguiente.
Y toda la semana siguiente.
Al principio no supo cómo reaccionar. Dudaba de si era un error callar, porque a él eso parecía más bien divertirle y animarle a insistir. Rogó al cielo que se cansase, que encontrara otra cosa en qué ocuparse. Entonces, un buen día, apareció por la comisaría, e intentó seguirla hasta casa. Ella se dio cuenta y le hizo caminar de un lado para otro mientras pedía ayuda por el móvil. Un coche patrulla le interpeló. Al día siguiente volvió a verle al acecho, fuera del aparcamiento, en la parte trasera de la comisaría. Le esquivó saliendo a pie por la puerta principal y cogió un autobús.
Sin embargo, Fairstone no desistía. Siobhan comprendió que lo que posiblemente había empezado por ser una broma estaba convirtiéndose en un juego más serio. Así que decidió mover una de sus mejores piezas. Rebus, de todos modos, ya se había dado cuenta: las llamadas a las que ella no respondía, las veces que la sorprendía mirando por la ventana, su modo de mirar a un lado y a otro cuando salían de servicio. Así que finalmente se lo contó y fueron los dos a hacer una visita al semiadosado de protección oficial de Fairstone en Gracemount.
