El tercer cadáver era el del asesino, que se había volado los sesos. Ningún misterio, como decía Siobhan.

Salvo el móvil.

– Era como tú -añadió-. Quiero decir que era militar retirado. Creen que el móvil fue su resentimiento contra la sociedad.

Rebus advirtió que mantenía las manos con firmeza en los bolsillos de la chaqueta, y se imaginó que en ese momento, inconscientemente, estaría apretando los puños.

– Los periódicos dicen que tenía un negocio -comentó él.

– Tenía una lancha motora. Llevaba a gente a hacer esquí acuático.

– ¿Y era un resentido?

Ella se encogió de hombros. Rebus sabía que estaba deseando tener una oportunidad para meter la nariz, cualquier pretexto con tal de apartar su mente de la otra investigación, interna y con ella de protagonista.

Siobhan miraba en ese momento a la pared por encima de la cabeza de él como si le interesara algo más que la pintura y el aparato de oxígeno.

– No me has preguntado qué tal estoy -dijo Rebus.

– ¿Cómo te encuentras? -dijo ella volviendo la vista hacia él.

– Estoy harto de estar aquí. Gracias por tu interés.

– Sólo estás aquí desde ayer por la noche.

– A mí me parece más.

– ¿Qué han dicho los médicos?

– Hoy todavía no me ha visto nadie. Me da igual lo que me digan, esta tarde me marcho.

– ¿Y después qué?

– ¿Qué quieres decir?

– No puedes volver a la comisaría -añadió observando fijamente las manos vendadas-. ¿Cómo vas a conducir o escribir informes? ¿Y coger el teléfono?

– Me las arreglaré -repuso Rebus mirando en derredor para eludir a su vez los ojos de ella.

Estaba rodeado de hombres de su edad con la misma palidez grisácea. Era evidente que la dieta escocesa había hecho estragos en ellos. Un tipo tosía por un cigarrillo. Otro parecía tener problemas respiratorios. Era la masa de carne prototipo del bebedor edimburgués. El hígado hinchado y exceso de peso. Rebus levantó el brazo para pasárselo por la mejilla izquierda y notó que la tenía rasposa. Su barba tendría el mismo color gris plateado que las paredes de la sala.



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