
– Me las arreglaré -repitió rompiendo el silencio, mientras bajaba el brazo y se arrepentía de haberlo levantado. Los dedos echaban chispas de dolor-. ¿Te han dicho algo? -preguntó.
– ¿De qué?
– Vamos, Siobhan…
Ella le miró sin pestañear. Sacó las manos de los bolsillos y se inclinó hacia delante.
– Esta tarde tengo otra sesión.
– ¿Con quién?
– Con la jefa.
Se refería a la comisaria jefe Gill Templer. Rebus asintió con la cabeza, alegrándose de que el asunto no hubiera llegado a las altas esferas.
– ¿Qué piensas decirle? -preguntó.
– No hay nada que decir. Yo no tuve nada que ver con la muerte de Fairstone. -Hizo una pausa, dejando en el aire otra pregunta implícita entre ambos: «¿Y tú?». Parecía esperar que él dijera algo, pero Rebus callaba-. Preguntará por ti, cómo has acabado aquí -añadió.
– Porque me escaldé -replicó Rebus-. Es absurdo, pero fue así.
– Ya sé que eso fue lo que dijiste…
– No, Siobhan, es lo que sucedió. Pregunta a los médicos si no me crees -añadió mirando de nuevo alrededor-. Si es que consigues ver a alguno.
– Seguro que estarán por ahí dando vueltas intentando aparcar.
No tenía mucha gracia, pero Rebus sonrió. Comprendía que ella no iba a insistir y su sonrisa era de gratitud.
– ¿Quién se encarga de lo de South Queensferry? -preguntó para cambiar de tema.
– Creo que el inspector Hogan.
– Bobby vale mucho. Si hay que atarlo rápido, lo hará.
– De todos modos, está el circo de la prensa. Le han encargado a Grant Hood las relaciones con los periodistas.
