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Lady Helen Clyde se encontraba rodeada por los aderezos de la muerte. Sobre las mesas descansaban muestras encontradas en diversos escenarios de crímenes; fotografías de cadáveres colgaban de las paredes; espantosos elementos destacaban en armarios acristalados, y entre ellos descollaba uno particularmente horripilante, consistente en un mechón de pelo unido todavía a un fragmento de cuero cabelludo de la víctima. Sin embargo, pese a la naturaleza macabra del entorno, lady Helen no paraba de pensar en comer.
Como forma de distracción, consultó la copia de un informe de la policía tirado sobre la mesa de trabajo que tenía delante de ella.
– Todo coincide, Simon. -Desconectó el microscopio-. B negativo, AB positivo, O positivo. ¿No crees que la policía se alegrará?
– Hummm -fue la única respuesta de su acompañante.
Los monosílabos eran típicos de él cuando se hallaba enfrascado en su trabajo, pero su respuesta fue de lo más exasperante en aquel momento, pues pasaban de las cuatro y el cuerpo de lady Helen anhelaba, desde hacía un cuarto de hora, su ración de té. Indiferente a esta tragedia, Simon Allcourt-St. James empezó a destapar una hilera de botellas colocadas frente a él. Contenían fibras diminutas que deseaba analizar, pues basaba su creciente reputación como científico forense en su habilidad para tejer un conjunto de hechos a partir de hilos infinitesimales, empapados de sangre.
Lady Helen, al reconocer la fase preliminar de un análisis de tejidos, suspiró y se acercó a la ventana del laboratorio, situado en el último piso de la casa de St. James. La ventana se abría a la tarde de junio y dominaba un agradable jardín encerrado entre muros de ladrillo. Un vivido laberinto de flores componía una melodía de colores indisciplinados, invadiendo los senderos y el césped.
– Deberías contratar a alguien que se ocupara del jardín -comentó lady Helen. Sabía muy bien que no había sido cuidado como era debido en los últimos tres años. También sabía el motivo.
