
Brooke alzó una mano a modo de aviso. Más adelante, se oían las roncas maldiciones de un hombre. Provenían del extremo opuesto del callejón, donde un muro de ladrillo se curvaba sobre el lado de un club nocturno, formando un hueco protegido. En aquel punto, dos figuras se debatían en el suelo. Pero no se trataba de un escarceo amoroso. Era un asalto, y la figura que llevaba las de perder era la de una mujer ataviada de negro, superada en fuerza y envergadura por su furioso atacante.
– ¡Asquerosa p…!
El hombre, rubio y muy irritado, a juzgar por el tono de su voz, descargaba sus puños contra el rostro, las axilas y el estómago de la mujer.
Al presenciar la escena, Sidney se lanzó hacia adelante, y cuando Justin trató de detenerla gritó. -¡No! ¡Es una mujer!
Se precipitó hacia el extremo del callejón. Oyó a Justin lanzar un juramento a su espalda. La alcanzó a menos de tres metros de la pareja que luchaba en el suelo.
– Retrocede. Yo me ocuparé de esto -dijo con aspereza.
Justin agarró al individuo por los hombros y hundió los dedos en la chaqueta de cuero que llevaba. Su enérgica acción provocó que los brazos de la víctima quedaran libres, y la mujer se protegió instintivamente la cara. Brooke empujó al hombre hacia atrás.
– ¡Idiotas! ¿Queréis llamar la atención de la policía?
Sidney se plantó a su lado.
– ¡Peter! -gritó-. ¡Peter Lynley!
Brooke desvió la vista desde el joven a la mujer caída de costado, el vestido arrugado y las medias destrozadas. Se arrodilló y alzó su rostro, como para examinar el alcance de sus heridas.
– Dios mío -murmuró.
La soltó, se puso en pie, meneó la cabeza y soltó una carcajada.
La mujer consiguió ponerse de rodillas. Cogió su bolso, presa de las náuseas por un momento. Después, también se echó a reír.
PRIMERA PARTE. TARDES LONDINENSES
