
– Puedo arreglármelas -dijo-. No se moleste.
– Me encantan las molestias. Tanto como a ti.
Cotter sonrió ante su respuesta, porque sus esfuerzos nacían del amor de un padre por su hija pródiga, y lady Helen lo sabía. Cotter le tendió el enorme paquete plano que intentaba transportar bajo el brazo, pero no soltó ni un momento el baúl.
– ¿Deborah vuelve a casa?
Lady Helen habló en voz baja. Cotter la imitó.
– Sí. Esta noche.
– Simon no me ha dicho nada.
Cotter procedió a sujetar mejor el baúl.
– Muy propio de él, ¿verdad? -respondió con tono sombrío.
Subieron el tramo de escaleras restante. Cotter introdujo el baúl en el dormitorio de su hija, a la izquierda del rellano, mientras lady Helen se detenía ante la puerta del laboratorio. Apoyó el paquete contra la pared, y tabaleó con los dedos sobre ella mientras observaba a su amigo. St. James no levantó la vista de su trabajo.
Siempre había constituido su defensa más eficaz. Mesas de trabajo y microscopios devenían murallas que nadie podía escalar, y el trabajo incesante un narcótico que aliviaba el dolor de la pérdida. Lady Helen paseó la mirada por el laboratorio, y por una vez no lo vio como el centro de la vida profesional de St. James, sino como el refugio en que se había transformado. Era una habitación amplia, que olía débilmente a formalde-hído. Las paredes consistían en atlas anatómicos, diagramas y estanterías; el suelo, en madera dura, vieja y crujiente; el techo, en una claraboya por la cual penetraba una luz lechosa que proporcionaba una luminosidad impersonal. Los muebles se reducían a mesas destartaladas, taburetes altos, microscopios, ordenadores y diversos instrumentos para examinar cualquier cosa, desde sangre a balas. A un lado, una puerta comunicaba con el cuarto oscuro de Deborah Cotter. Pero esa puerta había permanecido cerrada durante todos sus años de ausencia. Lady Helen se preguntó qué haría St. James si ella la abría ahora, utilizándola como una inevitable invasión en las honduras de su corazón.
