
– ¿Deborah vuelve a casa esta noche, Simon? ¿Por qué no me lo has dicho?
St. James sacó una placa del microscopio y la reemplazó por otra, ajustando los tornillos para aumentar el tamaño. Después de estudiar este nuevo espécimen, tomó unas cuantas notas.
Lady Helen se inclinó sobre la mesa de trabajo y apagó la luz del microscopio.
– Deborah vuelve a casa -dijo con suavidad-. No me has comentado nada al respecto en todo el día. ¿Por qué, Simon? Dímelo.
En lugar de responder, Simon miró hacia atrás.
– ¿Qué sucede, Cotter?
Lady Helen giró sobre sus talones. Cotter estaba de pie en el umbral, el ceño fruncido, secándose la frente con un pañuelo de lino blanco.
– No será necesario que vaya a buscar a Deb al aeropuerto, señor St. James -dijo a toda prisa-. Lord Asherton se ocupará de ello. Yo también iré. Me telefoneó hace menos de una hora. Todo está arreglado.
El tic tac del reloj de pared fue la única respuesta al anuncio de Cotter, hasta que el frenético llanto de un niño, teñido de indignación, atronó la calle. St. James volvió a la vida.
– Bien, estupendo. Tengo una montaña de trabajo esperándome.
Lady Helen experimentó el tipo de consternación que exige ir acompañada de un grito de protesta. El mundo que conocía estaba adoptando una nueva forma, compuesta de piezas desafortunadas. Ansiosa por formular la pregunta obvia, desvió la vista de St. James a Cotter, pero la reserva de ambos se lo impidió. De todas maneras, adivinó que Cotter deseaba añadir algo más. Parecía esperar que el otro hombre hiciera el comentario adicional que le daría pie, pero St. James se limitó a pasear una mano por su rebelde cabello negro. Cotter cambió de posición.
– Bien, iré a ocuparme de mis obligaciones.
Salió de la habitación, despidiéndose con un movimiento de cabeza, pero sus hombros parecían más hundidos y su paso más lento.
