Lady Helen experimentó cierto alivio ante este afortunado cambio de tema.

– ¿Peter? -colaboró.

– Imagínate. -Sidney empleó las manos para dramatizar la escena-. ¡Peter Lynley y una dama de la noche, vestida toda de negro y de largo cabello negro, como una turista de Transilvania, sorprendidos en flagrante delito en una callejuela del Soho!

– ¿Peter, el hermano de Tommy? -intentó aclarar lady Helen, conociendo la tendencia de Sidney a pasar por alto detalles importantes-. No es posible. Está en Oxford, ¿no?

– Daba la impresión de estar inmerso en cosas mucho más interesantes que sus estudios. Olvidaos de la historia, la literatura y el arte.

– ¿De qué estás hablando, Sidney? -preguntó St. James cuando la joven saltó del taburete y empezó a pasear por el laboratorio como un cachorrillo.

Conectó el microscopio de lady Helen y echó una jijeada.

– ¡Caray! ¿Qué es esto?

– Sangre -dijo lady Helen-. ¿Y Peter Lynley?

Sidney ajustó el foco.

– Fue… Espera un momento… El viernes por la noche. Sí, exacto, porque me habían invitado a una espantosa fiesta en el West End el viernes y fue esa noche cuando vi a Peter. En el suelo del callejón. ¡Forcejeando con una prostituta! Seguro que a Tommy le haría mucha gracia.

– La conducta de Peter durante este año no le ha hecho ninguna gracia a Tommy -replicó lady Helen.

– ¡Y no lo sabe bien Peter! -Sidney miró a su hermano con aire afligido-. ¿Y el té? ¿Nos queda alguna esperanza?

– Nunca hay que rendirse. Continúa tu saga.

Sidney hizo una mueca.

– No hay mucho más que contar. Justin y yo nos topamos con Peter y esa mujer, que peleaban en la oscuridad. De hecho, Peter le estaba dando puñetazos en la cara, y Justin le apartó. La mujer, aunque parezca raro, empezó a reír como una loca.



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