Debía estar histérica, desde luego. Antes de que pudiéramos comprobar si se encontraba bien, huyó. Acompañamos a Peter a casa. Un piso diminuto en Whitechapel, Simon, y una chica de ojos suspicaces que llevaba unos tejanos sucios esperándole en los peldaños de la entrada. -Sidney se encogió de hombros-. En cualquier caso, Peter no me comentó nada acerca de Tommy, Oxford o lo que fuera. Supongo que se sentía violento. Que una amiga le encontrara rodando por el suelo de un callejón debía ser lo último que se esperaba.

– ¿Qué estabas haciendo allí? -preguntó St. James-. ¿La idea de ir a Soho fue de Justin?

Sidney evitó su mirada.

– ¿Crees que Deb me hará una sesión de fotos? Tendría que empezar a trabajar en una nueva colección, ahora que me he cortado el pelo. No me has dicho ni una palabra, Simon, y lo llevo más corto que tú.

, St. James no estaba dispuesto a cambiar de tema.

– ¿Aún no te has hartado de Justin Brooke?

– Helen, ¿qué opinas de mi cabello?

– ¿Qué me dices de Brooke, Sid?

Sidney dirigió una disculpa silenciosa a lady Helen antes de volverse hacia su hermano. El parecido entre ambos era notable; compartían el mismo cabello negro rizado, las mismas facciones aquilinas, los mismos ojos azules. Eran como imágenes de espejos asimétricos: la resignada serenidad del uno sustituía a la vivacidad de la otra. Eran fotos de antes-y-después, pasado y presente, unidas por los inconfundibles lazos de la sangre.

Las palabras de Sidney, no obstante, dieron la impresión de constituir un esfuerzo por negar lo anterior.

– No me trates como a una niña pequeña, Simon.


Las campanadas del reloj despertaron a St. James con un sobresalto. Eran las tres de la mañana. Por un momento, medio dormido, se preguntó dónde estaba, hasta que un movimiento doloroso del cuello le despertó por completo. Se agitó en la silla y se levantó, poco a poco, sin que el cuerpo respondiera por completo. Se desperezó, caminó hacia la ventana del estudio y contempló Cheyne Row.



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