La luz de la luna bañaba de plata las hojas de los árboles, acariciaba las casas remozadas de la acera opuesta, el museo Carlyle, la iglesia de la esquina. Durante los últimos años, el barrio que bordeaba el río había experimentado un renacimiento que lo proyectaba desde su pasado bohemio hacia un futuro desconocido, lo cual agradaba a St. James.

Volvió a su silla. En la mesa contigua, una copa contenía todavía un dedo de coñac. La vació, apagó la lámpara y abandonó el estudio. Avanzó por el estrecho pasillo hasta la escalera. La subió lentamente, arrastrando su pierna lisiada, aferrándose a la barandilla para contrarrestar el peso muerto. Meneó la cabeza como para censurar su solitaria y extravagante espera del regreso de Deborah.

Hacía horas que Cotter había regresado del aeropuerto, pero su hija sólo había permanecido en casa un breve rato, sin salir de la cocina. St. James oyó desde el estudio las carcajadas de Deborah, la voz de Cotter, los ladridos del perro. Incluso recreó en su imaginación al gato, que saltaba desde el antepecho de la ventana para dar su bienvenida a la joven. Esta reunión se había prolongado durante media hora. Después, cuando esperaba que Deborah subiera a saludarle, fue Cotter quien entró en el estudio, para anunciarle que su hija había vuelto a marcharse, en compañía de lord Asherton. Thomas Lynley, el amigo más antiguo de St. James.

El embarazo de Cotter ante el comportamiento de Deborah sólo auguraba un empeoramiento de la ya incómoda situación.

– Ha dicho que no tardará -había tartamudeado Cotter-. Ha dicho que volverá directamente. Ha dicho…

St. James quiso detener el flujo de palabras, pero no se le ocurrió ninguna forma. Resolvió la situación mencionando la hora y anunciando su intención de acostarse. Cotter le dejó en paz.

Sabiendo que le iba a resultar imposible conciliar el sueño, se quedó en el estudio e intentó distraerse con la lectura de una revista científica. Pasaron las horas y continuó aguardando su regreso. Su parte inteligente insistía en que un encuentro entre los dos ahora carecía de sentido. Su parte imbécil lo anhelaba.



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