St. James se obligó a desviar la vista hacia el jardín. Le escocían los ojos. Su piel parecía arder. Examinó sus sentimientos.

Conocía a Deborah desde el día en que nació. Había crecido en la casa de Chelsea, hija de un hombre que era para St. James niñera, criado, mayordomo y amigo a la vez. Ella había sido una fiel compañera durante la época más sombría de su vida, y su presencia le había salvado de lo peor que podía depararle su desesperación. Pero ahora…

Ha elegido, pensó, e intentó convencerse, enfrentado a esta revelación, de que no sentía nada, de que era capaz de aceptarlo, de que podría soportar la pérdida, de que podría continuar adelante.

Atravesó el rellano y entró en su laboratorio. Encendió una lámpara de alta intensidad que arrojó un círculo de luz sobre un informe de toxicologías. Dedicó los siguientes minutos a intentar leer el documento (un penoso esfuerzo por conservar la serenidad), y luego oyó el sonido del motor del coche al ponerse en marcha, seguido por los pasos de Deborah en el vestíbulo.

Encendió otra luz del cuarto y se acercó a la puerta. Experimentó una oleada de nerviosismo, la necesidad de encontrar algo que decir, una excusa para explicar su presencia en el laboratorio a las tres de la mañana, despierto y vestido. Pero no tuvo tiempo de pensar, porque Deborah subió la escalera casi con la misma rapidez que Sidney horas antes y puso fin a su separación.

Deborah llegó al final del rellano y se sorprendió al verle.

– ¡Simon!

«Maldita sea la aceptación.» Simon extendió una mano y ella se precipitó en sus brazos. Era muy natural. Estaba en su casa. Los dos lo sabían. Sin pensarlo dos veces, St. James inclinó la cabeza y buscó su boca, pero sólo encontró su cabello, al cual se había adherido el aroma de los cigarrillos que fumaba Lynley, un amargo recordatorio de quién había sido ella y de aquello en lo que se había convertido.



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