
El olor le calmó y la soltó. Comprendió que el tiempo y la distancia habían provocado que le atribuyese una belleza superior, cualidades físicas que ella no poseía. Admitió lo que siempre había sabido. La belleza de Deborah era de un tipo nada convencional. Carecía de los rasgos delicados y aristocráticos de Helen, así como de las facciones provocativas de Sidney. En cambio, combinaba ternura y afecto, comprensión e ingenio, virtudes cuya definición se desprendía de su expresión vivaz, del caos de su cabello cobrizo, de las pecas que salpicaban el puente de la nariz.
Pero percibió cambios en ella. Estaba demasiado delgada y, cosa inexplicable, engañosas vetas de remordimiento parecían asomar bajo la superficie de su compostura. Sin embargo, le habló como siempre.
– ¿Has estado trabajando hasta ahora? No te habrás quedado levantado para esperarme, ¿verdad?
– Fue el único modo de conseguir que tu padre se acostara. Temía que Tommy te retuviera toda la noche.
Deborah lanzó una carcajada.
– Muy propio de papá. ¿Tú también pensaste lo mismo?
– Tommy no iba a hacer algo semejante.
St. James se asombró de la absoluta duplicidad que enmascaraban sus palabras. Mediante un rápido abrazo habían soslayado los motivos de Deborah para abandonar Inglaterra, en primer lugar, como si hubieran accedido a reanudar su antigua relación, aun sabiendo ambos que jamás podrían recuperarla. De momento, sin embargo, incluso una falsa amistad era mejor que la separación.
– Tengo algo para ti.
Avanzó hacia el cuarto oscuro de Deborah, seguido por ella, y abrió la puerta. La mano de la joven tanteó en busca de la luz y St. James oyó su jadeo de sorpresa cuando vio la nueva ampliadora de color que ocupaba el espacio de la vieja en blanco y negro.
– ¡Simon! -Se mordió el labio-. Esto es… Eres tan generoso. De veras… No tenías que… Y me has esperado levantado.
