
¿Dónde estará?, se preguntó Peter. Consultó la hora. Su reloj era un Timex de segunda mano carente de todo atractivo, que lograba proyectar un aire de funcionamiento defectuoso, por el simple hecho de existir. Había vendido el Rolex tiempo atrás y no tardó en descubrir que confiar en la precisión de este aparato vulgar era tan ridículo como confiar en que Sasha comprara coca sin abordar a un agente de la brigada de narcóticos por equivocación.
Consiguió alejar esa idea agitando nerviosamente la muñeca y mirando el reloj. ¿Se habían movido sus malditas manecillas en la última media hora? Lo aplicó a su oído, y soltó un juramento de incredulidad al escuchar su tic tac sosegado. ¿Sólo habían pasado dos horas desde que ella salió? Se le antojaban eones.
Inquieto, se levantó del hundido sofá, uno de los tres muebles de cuarta mano que había en la habitación, sin contar las cajas de cartón en que guardaban la ropa o la caja de verduras vuelta del revés que sostenía su única lámpara. El sofá se transformaba en una cama llena de bultos. Sasha se quejaba cada día de ella, decía que le estaba deformando la espalda, decía que no había gozado de una hora de sueño decente desde hacía por lo menos un mes.
¿Dónde coño estaba? Peter se acercó a una ventana y descorrió la cortina, en realidad una sábana que habían reconvertido a tal efecto. El exterior se veía tan sucio como el interior.
Mientras Peter escudriñaba la calle en busca de la forma familiar de Sasha, una fugaz visión del antiguo bolso de alfombra que llevaba, sacó un sucio pañuelo de los tejanos y se sonó la nariz. Fue una reacción automática, sin pensar. Y la breve punzada de dolor que la acompañó se desvaneció en un instante, de modo que resultó fácil considerarla irrelevante. Sin mirar el pañuelo o examinar las manchas nuevas de color rojizo que destacaban en el hilo, lo guardó y mordisqueó los padrastros de su dedo índice. Mordiscos de conejo. Dispersos puntos de tensión, dientes desgarrando la carne.
