– ¿Tres? -balbuceó Deborah-. Si es una mujer.

– ¡Oh, no! -rió Tina-. Estaba hablando de la mesa, encanto. Es algo pequeña y yo soy muy torpe en esto de tomar el té. Acaba el mejunje y devuélveme el vaso más tarde. ¿De acuerdo?

– Sí, gracias. De acuerdo.

– Y sostendremos una agradable charla cuando lo hagas.

Tina abrió la puerta, agitando la mano a modo de despedida antes de salir, y pasó junto a Sidney St. James con una sonrisa eléctrica y desapareció al fondo del pasillo.

3

Peter Lynley no había elegido su piso de Whitechapel por sus comodidades o emplazamiento. Las primeras no existían, a menos que alguien considerase como tal las cuatro paredes y las dos ventanas, desnudas de todo ornamento. En cuanto a lo último, cierto que el piso se hallaba muy cerca de una estación de metro, pero el edificio era de la cosecha pre-victoriana, rodeado por otros de similar vetustez, y no se había hecho nada para limpiar o remozar los edificios o el barrio en treinta años, como mínimo. Sin embargo, tanto el piso como su emplazamiento servían a las necesidades de Peter, que eran pocas. En especial a su cartera, que hoy estaba casi vacía.

Había calculado que podían aguantar otra noche si actuaban de una manera conservadora y se limitaban a cinco líneas por cabeza. Bueno, quizá seis. Después, al día siguiente, empezarían a buscar trabajo con ahínco. Él, en ventas. Nuevas actuaciones para Sasha. Él tenía cerebro y personalidad para las ventas. Sasha aún poseía su arte. Podría utilizarlo en el Soho. Le llovían las ofertas. Coño, nunca habrían visto nada igual en el Soho, probablemente. Sería como en Oxford, el escenario vacío, un solo foco y Sasha sentada en una silla, dejando que el público le arrancara la ropa, desafiándolos a arrancárselo todo, a ponerse en contacto con ellos mismos, a saber lo que sentían, a expresar de viva voz lo que deseaban. Todo el rato sonriente, todo el rato superior, todo el rato la única persona de la sala que sabía cómo estar orgullosa de quién y qué era. La cabeza erguida, en actitud segura, los brazos caídos a los costados. «Yo existo -decía su postura-. Existo, existo.»



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