
– Sí -se apresuró a responder Brett con buen ánimo-. Bueno, la verdad es que no tengo nada mejor que hacer -rectificó de inmediato encogiéndose de hombros.
– Aprieta donde yo te diga -le pidió Nash haciéndole entrega de una llave inglesa.
Quince minutos más tarde la lavadora estaba casi montada.
– Se te da muy bien la mecánica -alabó Nash a muchacho-. Manejas muy bien las herramientas.
– Ya lo sé -respondió Brett tratando de aparentar indiferencia.
En aquel momento alguien carraspeó. Nash miró por encima del hombro y se encontró con Stephanie en el umbral del lavadero. Los gemelos estaban justos detrás de ella, uno a cada lado. No parecía muy contenta.
– Sé que quiere ayudar, señor Harmon, pero, esto no es cosa suya.
Antes de que Nash pudiera decir nada Brett se puso de pie.
– No pasa nada, mamá. Creo que la hemos arreglado. Podemos probarla ahora a ver qué pasa.
– Brett, la lavadora no es un juguete -aseguró su madre frunciendo el ceño.
– Me alegro -intervino Nash incorporándose también-. Porque yo no estaba jugando.
Capítulo 3
Aquel hombre era tan alto que Stephanie tuvo que echar la cabeza ligeramente hacia atrás para mirarlo a los ojos. Cuando sus miradas se cruzaron se convenció de que ni un terremoto bastaría para romper aquella conexión entre ellos.
¿En qué se basaba aquella atracción? ¿En su inmejorable aspecto físico? ¿En la sombra de tristeza que cruzaba por su rostro cuando sonreía? ¿En aquel cuerpo ligeramente musculado? ¿En la falta de sexo? ¿En aquella voz?
«Yo no estaba jugando». Stephanie sabía a qué se refería con aquellas palabras. No estaba jugando al técnico en reparaciones. Sólo quería ayudar. Pero ella deseó que hubiera querido decir otra cosa. Deseó que hubiera querido decir que la encontraba sexy, misteriosa y que para él era una fantasía irresistible. Deseó que hubiera querido decir que no estaba jugando con ella.
