
Cuando Nash puso el pie en el amplio vestíbulo del Hogar de la Serenidad tuvo un instante de vacilación. No estaba muy seguro de qué hacer el resto del día. Por muchas ganas que tuviera de llamar a la oficina sabía que era demasiado pronto. Eso sólo serviría para demostrarle a su jefe que tenía razón.
Entró en el comedor y luego en la cocina. Nada. Luego caminó por el pasillo y agudizó el oído. Silencio. Una rápida ojeada al garaje le confirmó lo que sospechaba. Estaba solo.
En busca de algo con lo que distraerse, se dirigió a la parte trasera de la casa. En el lavadero encontró la lavadora, que seguía desmontada en piezas. Nash agarró el manual y se sentó en el suelo a estudiarlo.
Una horas más tarde había encontrado el problema y, al parecer, había conseguido solucionarlo. Cuando estaba montando de nuevo la máquina escuchó cómo se cerraba la puerta de la calle. Se le cayó al suelo la herramienta que tenía en la mano. Se dio la vuelta al escuchar el sonido de unos pasos acercándose, pero en lugar de la rubia menuda que esperaba entró por la puerta un chico de unos doce años.
Nash recordaba que los otros dos eran gemelos idénticos, así que aquél debía de ser el mayor.
– Hola -lo saludó con una sonrisa.
El chico no se la devolvió. Se cruzó de brazos y entornó los ojos sin dejar de estudiar a Nash.
– Usted no es el técnico.
– Tienes razón. Soy Nash Harmon. Me alojo en la posada -dijo tendiéndole la mano, que previamente se había limpiado con un trapo.
– Brett Wynne -se presentó el chico tras vacilar unos instantes antes de estrecharle la mano-. ¿Qué estás haciendo con la lavadora? Si la rompes mamá se pondrá como loca y tendrás que pagar la reparación.
– Creo que más bien la he arreglado -aseguró Nash-. Pero ahora tengo que volver a montarla. Sólo me faltan algunas piezas. ¿Quieres ayudarme?
