Aquel nombre tan horrible para la posada había sido idea de su marido. Después de tres años había conseguido pronunciarlo sin parpadear pero nada más. Si no fuera por la carísima vidriera que ocupaba la ventana central en la que se leía el nombre, Stephanie habría cambiado el nombre sin dudarlo.

El huésped entró en la casa con una bolsa de viaje en la mano y tirando con la otra de una maleta con ruedas. Stephanie deslizó la mirada desde sus elegantes botas de piel hacia sus propias zapatillas de estar en casa con forma de conejito. Cuando subiera las escaleras y se metiera en la habitación tendría que recordar no mirarse al espejo.

El hombre firmó el libro de registros que había en recepción y le tendió una tarjeta de crédito. Cuando recibió la prueba de conformidad Stephanie le dio una llave antigua de bronce.

– Su habitación está arriba -le informó subiendo las escaleras.

Le había dado el dormitorio de enfrente. No sólo era amplia y confortable y con vistas a Glenwood, también era una de las dos únicas habitaciones para huéspedes que no estaban en el piso de abajo.

Cinco minutos más tarde Stephanie le había explicado las características de la habitación, le había informado de que el desayuno se servía de siete y media de la mañana a nueve. Por último le preguntó si quería que le dejaran el periódico en la puerta por la mañana. El hombre dijo que no. Ella asintió con una inclinación de cabeza y se encaminó hacia el pasillo.

– Señora Wynne…

– Llámame Stephanie, por favor -dijo ella girándose para mirarlo.

– ¿Tienes un mapa de la zona? -preguntó el hombre-. He venido a visitar a gente y no conozco el sitio.

– Claro. Los tengo abajo. Te dejaré uno con el desayuno.

– Gracias.

Él le dedicó una tenue sonrisa más bien forzada.

Era muy tarde y Stephanie estaba tan cansada que le dolían las pestañas. Pero en vez de marcharse en aquel momento se detuvo un instante, un instante mínimo en el que fue consciente de que la luz de la lámpara despertaba reflejos castaños en el cabello negro oscuro del hombre y que la marca de la barba incipiente que le brotaba en la mandíbula le confería un aspecto algo peligroso.



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