
Al darse la vuelta Stephanie pensó que la falta de sueño le estaba provocando alucinaciones. Los hombres peligrosos no iban a sitios como Glenwood. Seguramente Nash Harmon sería alguien completamente inofensivo, como vendedor de zapatos o profesor. Además, no era asunto suyo cómo se ganara la vida. Mientras que tuviera dinero en la tarjeta de crédito para pagar la estancia lo mismo le daba que su huésped fuera programador informático o pirata.
Y en cuanto a que fuera guapo y seguramente soltero porque no llevaba anillo en la mano izquierda, no podía importarle menos. Muchas veces sus amigos se metían con ella por no estar dispuesta a saltar a la piscina de los hombres disponibles, pero Stephanie no les hacía caso. Ya había estado casada una vez, gracias. Tras diez años siendo la mujer de Marty había aprendido que aunque su marido pareciera una persona adulta por fuera, en su interior era tan irresponsable y tan egocéntrico como un niño de diez años. Habría conseguido más ayuda y colaboración de un perro.
Marty la había curado del deseo de tener a ningún hombre cerca. Era cierto que en ocasiones se sentía sola y sí, tenía que admitir que era duro vivir sin sexo, pero valía la pena. Tenía tres hijos de los que ocuparse. Mantener una relación con un hombre equivaldría a añadir un cuarto hijo a la mezcla. Stephanie estaba convencida de que sus nervios no lo soportarían.
A pesar de haber dormido poco, Nash se despertó poco antes de las seis de la mañana. Comprobó la hora en el reloj y se quedó tumbado en la cama mirando al techo.
¿Qué demonios estaba haciendo allí?, se preguntó. Ya conocía la respuesta. Estaba en un lugar del que dos semanas atrás no había ni oído hablar para conocer una familia que no sabía que tenía. No. Eso no era del todo verdad. Estaba allí porque lo habían obligado a tomarse unas vacaciones y no tenía ningún otro sitio al que ir. Si se hubiera quedado en Chicago, su hermano gemelo Kevin, que ya había llegado a Glenwood, habría tomado el primer avión rumbo al este.
