
La mujer miró su libro de reservas y dijo:
– El señor Aston ya está aquí. La conduciré a su mesa.
Julie la siguió hacia el fondo del restaurante, tratando de no comparar sus caderas de tamaño normal con las prácticamente inexistentes que tenía delante. Aunque sentirse inadecuada era de hecho más divertido que tener que reunirse con Todd Aston III. ¿Cómo podía alguien vivir con un número después de su nombre? Le recordaba al señor Howell de La Isla de Gilligan, una de sus series favoritas cuando era pequeña.
Instantáneamente se imaginó a una versión joven del señor Howell, con pantalones a rayas y chaqueta blanca, y estaba intentando aguantar la risa cuando la mujer se detuvo frente a una mesa situada en una esquina y señaló a alguien que desde luego no se parecía a un millonario pretencioso.
Todd Aston se puso en pie y sonrió.
– Hola. Tú debes de ser Julie.
Perder a Piedra, Papel o Tijera nunca le había parecido tan bueno al ver la altura de aquel hombre. Todd era guapo, con ojos oscuros y una sonrisa que le recordaba a la que el lobo feroz le debía de haber dirigido a Caperucita.
No parecía un pardillo, ni un hombre desesperado; y a Julie le daba la sensación de que no le dejaría a ella con la cuenta.
– Hola, Todd-dijo-. Encantada de conocerte.
Todd le ofreció una silla y luego regresó a su asiento.
Julie lo observó, fijándose en su pelo oscuro, en el hoyuelo de su mejilla izquierda y en la corbata, que debía de haber costado lo mismo que el último plazo de su matrícula universitaria.
– Esto es extraño -dijo ella, decidiendo que no tenía sentido ignorar lo evidente.
– ¿No vamos a hablar de las típicas cosas como el tiempo o el estado del tráfico mientras venías? -preguntó él, arqueando una ceja.
– Claro, si quieres. El tiempo es perfecto, pero claro, estamos al sur de California y es lo que se espera. En cuanto al tráfico, estaba bien. ¿Y tu día?
