
Se debía de haber quedado dormida comiéndolas, porque cuando los maullidos de Mao, desde la ventana la despertaron, tenía chocolate pegado a la camiseta, y varias galletas se habían caído sobre la alfombra del lado del chocolate.
Dejó entrar al gato, bañó a Bertie, lo dio de cenar, y lo dejó en su cuna. Después metió toda la ropa que llevaba puesta en la lavadora, se puso una camiseta, se lavó los dientes y se acostó.
Poco antes de quedarse dormida recordó que la alfombra persa había quedado manchada de chocolate, y pensó que debía levantarse para limpiarla.
Y conectar la alarma.
Pero el sueño se apoderó de ella.
Patrick dejó la bolsa de viaje en el vestíbulo y fue a desconectar la alarma, pero se dio cuenta de que no estaba conectada. Estaba claro que a Carenza se le había olvidado hacerlo. No pudo evitar pensar que, tal vez, no debería haber hecho caso a su hermana cuando le pidió que dejara a su sobrina cuidar de la casa.
Al día siguiente le firmaría un cheque, se marcharía, y todo volvería a la normalidad.
Bueno, casi, porque como había dormido en el avión, a pesar de que era de madrugada, no tenía sueño. El reloj biológico tardaría en volver a reajustarse. En aquel momento estaba completamente despierto y hambriento.
Deseando encontrar algo comestible en la nevera, encendió la luz de la cocina. Respiró hondo para no alterarse al ver la pila de platos que había en el fregadero, aunque le resultó más difícil no hacer caso de un olor familiar que percibía en la casa, y no conseguía identificar.
De repente, su humor no hizo sino empeorar al notar que estaba pisando una galleta contra la alfombra.
No le daría ningún cheque a su sobrina. Cuando terminara con ella, estaría deseando salir corriendo. Nunca debería haberla dejado al cuidado de la casa.
Cuando se despertó sobresaltada, Jessie tuvo un ataque de pánico. Su primer pensamiento fue para el niño. Tras incorporarse, se puso las gafas y se acercó a la cuna. Otra semana como aquella y acabaría en un psiquiátrico.
