Carenza frunció el ceño, y arrebató el periódico a su amiga, para poder leer la información por sí misma.

– Significa, Sarah, que me he metido en un lío tremendo, porque he alquilado la casa de mi tío a una mujer con un niño llorón… -ambas intercambiaron una mirada horrorizada-. Y debe estar camino a casa en este momento. ¿Cómo demonios puedo haber sido tan estúpida?

– Me parece que has tenido mucha práctica -ironizó su amiga.

Había muchos cuadros en toda la casa, pero ninguno de gatos.

En la habitación más grande predominaban los tonos granates, y estaba decorada con muebles antiguos de nogal. No le pegaba mucho con la imagen que le había dado Carrie, con su pendiente en la nariz y un corte de pelo estrafalario.

La segunda habitación estaba amueblada como estudio, con unas estanterías que llegaban hasta el techo, todas llenas de libros de Derecho. Jessie pensó que, tal vez, su casera hubiera heredado la casa y los libros.

La mesa de trabajo era lo bastante grande como para poder poner encima su ordenador y su escáner. Todavía no había tenido tiempo de conectarlos, pero en cuanto acostara a Bertie, trataría de trabajar un poco.

Todavía no había entrado en la tercera habitación. Carrie le había dicho que era algo así como un trastero para guardar cosas que no se utilizaban desde hacía muchos años. Le costó un poco abrir la puerta, pero cuando lo consiguió vio que estaba decorada en tonos amarillos y blancos, para que pareciera soleada hasta en los días más grises. No había cuadros, solo algunas cajas que parecían no haber sido tocadas desde hacía mucho tiempo.

Volvió a la cocina con la esperanza de que Mao hubiera regresado. No había vuelto todavía, pero Bertie se había quedado dormido en sus brazos.

Hambrienta, pero temerosa de despertar al niño, tomó un paquete de galletas de chocolate que había dejado Carenza y se sentó en un sillón de apariencia cómoda a comerlas.



12 из 124