
Además tenía que haberles sucedido algo terrible. Mientras pasaba al lado de su mesa de trabajo, tomó el teléfono. Dudaba de que Faye y Kevin estuvieran en casa, pero les dejaría un mensaje. Seguramente comprobarían los mensajes al regresar, por muy grave que hubiera sido lo que les había pasado.
Pero no tuvo que dejar un mensaje, porque ellos le habían dejado a ella uno.
– Jessie, cariño, necesitamos dormir de verdad, y pensamos que ya que eres la madrina de Bertie, no te importaría…
– No teníamos a nadie más a quién pedírselo… -interrumpía Faye a su marido.
– ¡Pedir! ¡Pedir! -exclamó Jessie, enfadada, como si los tuviera delante-. No me lo habéis pedido porque conocíais cuál iba a ser la respuesta. Sabíais perfectamente que no se permite tener niños en Taplow Towers.
– Me voy a marchar unos días con Faye, para estar sin niños, ni teléfono -continuó diciendo su hermano-. Te prometo que algún día haremos lo mismo por ti.
– No creo que tengáis la posibilidad -gruñó. Después, horrorizada por la gravedad del problema que tenía, miró a Bertie, que la miró también un momento antes de hacer un puchero-. ¡No, Bertie! -le suplicó-. ¡Por favor, cariño! -pero Bertie no estaba escuchando.
Sin embargo, el resto del edificio sí.
– Última llamada para el vuelo de British Airways, con destino a Londres…
Patrick terminó de facturar, y se dirigió hacia la puerta de embarque. Era el día de suerte de Carrie. Gracias al cambio de alegato de su cliente, al que seguramente habían pagado bien por hacerlo, ya que así protegía a gente de las altas esferas, volvía a casa antes de lo previsto. Como no estaba dispuesto a compartir su casa con nadie, y menos con una chica de dieciocho años, le «prestaría» el dinero para que se marchara a Europa con sus amigos, a cambio de que le prometiera estudiar en firme a su regreso.
