– Siento mucho haberla molestado, señora Aston.

– Muy bien, señorita Hayes. Lo dejaremos así por esta vez -le dijo, con una sonrisa-. Un fallo lo tiene cualquiera -Jessie notó que su sobrino se estaba impacientando y empezó a toser como si tuviera una grave enfermedad pulmonar, mientras seguía subiendo las escaleras de espaldas.

– Debe cuidarse esa tos, querida. Tome miel con limón.

– Sí -tosió-. De acuerdo -volvió a toser-. Gracias.

En cuanto Dorothy Aston volvió a entrar en su apartamento, Jessie se apresuró a meter a su sobrino en casa, cerrando la puerta tras ella, sin hacer ruido.

Después, se quitó la toalla del pelo y se inclinó sobre el bebé, sintiendo exasperación y ternura al mismo tiempo.

El niño tenía fruncido el ceño, intentando reconocerla, y tratando de tranquilizarlo, Jessie se inclinó más hacia él.

– Bueno, Bertie -le dijo, mientras le acariciaba la sedosa mejilla con el dedo-. En menudo lío me has metido.

En seguida se dio cuenta de que había cometido un tremendo error, porque aunque era igual de alta que la madre del niño, y tenía su mismo color de pelo, Bertie conocía muy bien la voz de su madre, y se dio cuenta de que Jessie no lo era, así que abrió la boca, dispuesto a que toda la humanidad se enterara de cómo se sentía al darse cuenta.

– ¡Shh! -le dijo-. Por favor Bertie, no lo hagas -Jessie se daba cuenta perfectamente de que si no conseguía que el niño estuviera callado, sus días en Taplow Towers estaban contados, así que lo tomó en brazos y lo apoyó contra su hombro-. Voy a encontrar muy pronto a tus padres. Te prometo que todo irá bien -pero Bertie, por alguna razón, no parecía muy convencido.

A Jessie lo único que se le ocurrió fue pasear por la mullida alfombra, como había hecho Faye el domingo anterior. Por un momento recordó el rostro pálido y exhausto de su cuñada. Kevin tampoco tenía mejor aspecto, y además tenía que ir a trabajar al día siguiente…



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