La encontro alli, bajo una antorcha que chisporroteaba, y con un pequeno sobresalto vio que se trataba de la joven de la sonrisa enigmatica que tanto lo habia perturbado hacia un rato. Observo como la joven rechazaba con delicadeza el brazo de un joven oficial y lo dirigia hacia una de sus hermanas. Luego, con un suspiro de placer, se arreglo con gracia la capa y levanto el rostro hacia el hermoso cielo nocturno. La simplicidad de su dicha conmociono a Darcy y, a medida que el carruaje avanzaba, descubrio que no podia apartar los ojos de la muchacha. Con una inexplicable fascinacion, se quedo mirandola hasta que una curva de la calle hizo que la perdiera de vista.

– Ejem.

Darcy se recosto nuevamente en el asiento y miro a Bingley, cuya tos y la ceja que tenia enarcada expresaban una pregunta que el no estaba dispuesto a responder. Se encogio de hombros y volvio a dirigir su mirada hacia la noche a traves de la ventanilla, tratando de alejar con determinacion todos los pensamientos acerca de muchachas campesinas, en especial aquellas cuyos ojos brillantes parecian esconder interesantes secretos.


A la manana siguiente a la fiesta de Meryton, Darcy se encontraba solo, sentado a la mesa del soleado comedor pequeno de Netherfield, acariciando una taza de cafe negro mientras leia con atencion una carta de su hermana. Los Bingley y los Hurst todavia no habian bajado, pues se estaban recuperando de los sucesos de la noche anterior. Al no encontrar ninguna razon para romper el habito de levantarse temprano, Darcy bajo a la hora acostumbrada y encontro que tenia el comedor solo para el y que, sobre la mesita, lo aguardaba una muy esperada carta de su hermana Georgiana. Se sirvio una taza de la humeante bebida, se metio la carta bajo el brazo y miro a su alrededor en busca de un lugar comodo donde pudiera disfrutar de las dos cosas. Si estuviera en su casa de Londres o en su mansion campestre, Pemberley, se habria dirigido a la biblioteca.



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