Y entonces, el estornudo. Una conducta impecablemente correcta desde Doncaster hasta Londres podría haber excusado, hasta cierto punto, su catolicismo romano a los ojos de la mujer. Pero ¡ay!, el estornudo le condenó para siempre.

– Eh… ah… si me disculpa usted…

No había manera. Tenía el pañuelo en el fondo del bolsillo y para sacarlo habría tenido que soltar el viejo maletín que reposaba sobre sus rodillas, lo cual era impensable. La dama tendría que comprender. No se trata de una falta de etiqueta, señora; lo que tenemos entre manos es un ASESINATO. Subrayó este pensamiento produciendo un fuerte ruido con la nariz.

Al oírle, la mujer adoptó una postura todavía más correcta, tensando todas las fibras de su cuerpo para expresar desaprobación. Su mirada lo decía todo, era una crónica de sus pensamientos, y él podía leerlos uno a uno: hombrecillo despreciable y patético que no tiene menos de setenta y cinco años y, desde luego, los aparenta; encarna todo lo que se puede esperar de un sacerdote: tres cortes en la cara por no haber puesto cuidado al afeitarse, una miga de la tostada del desayuno alojada en una comisura de la boca, un traje negro brillante por el uso y con remiendos en los codos y los extremos de las mangas, un sombrero aplastado y polvoriento. ¡Y ese horrible maletín en su regazo! A partir de Doncaster había actuado como si la mujer hubiera subido al tren con la intención expresa de arrebatárselo y arrojarlo por la ventanilla. ¡Señor!

La dama suspiró y desvió la mirada como si buscara salvación, pero no parecía haberla. La nariz del hombre siguió goteando hasta que… la lentitud del tren anunció que por fin se aproximaban al final del viaje.



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