
La mujer se puso en pie y le azotó con una última mirada.
– Por fin entiendo a qué se refieren ustedes, los católicos, con eso del purgatorio -dijo entre dientes, antes de salir al pasillo y apresurarse hacia la puerta del vagón.
– Oh, señora -musitó el padre Hart-, supongo que yo, realmente…
Pero la mujer había desaparecido. El tren se detuvo completamente bajo el techo abovedado de la estación de Londres. Era el momento de llevar a cabo aquello que había ido a hacer a la ciudad.
Miró a su alrededor para asegurarse de que no olvidaba nada, precaución inútil, puesto que había salido de Yorkshire sin más equipaje que aquel maletín que no soltaba ni un momento. A través de la ventanilla, echó un vistazo a la espaciosa estación de King Cross.
Se habría sentido mejor en una estación como la de Victoria, con sus viejos y agradables muros de ladrillo, sus puestos de venta y sus músicos ambulantes, éstos últimos siempre ojo avizor para no tropezarse con los guardias municipales. Pero King’s Cross era muy distinta: largas extensiones de suelo embaldosado, anuncios seductores colgados del techo, kioscos, confiterías, hamburgueserías y tanta, tantísima gente -mucha más de la que había esperado encontrar- formando colas para adquirir billetes, comiendo apresuradamente un tentempié mientras se dirigían a los trenes, discutiendo, riendo, dándose besos de despedida. Gentes de todas las razas y colores. Qué diferente era aquella estación. Pensó que quizás no podría soportar el ruido y la confusión.
– ¿Qué, padre? ¿Sale o piensa pasar aquí toda la noche?
Alarmado, el padre Hart miró el rostro rubicundo del mozo del tren, el mismo que por la mañana, cuando el tren salió de York, le había ayudado a encontrar su asiento. Era un agradable rostro norteño, con una indefinida cantidad de capilares que se rompían cerca de la epidermis, curtida por los vientos de los páramos.
– ¿Eh…? Ah, sí… Supongo que he de bajar. -El padre Hart hizo un esfuerzo decidido para moverse de su asiento-. Hacía años que no visitaba Londres -añadió, como si esta observación explicara, de alguna manera, su renuencia a bajar del tren.
