
No le miró directamente mientras replicaba, sino que centró su mirada en algún lugar por encima del hombro izquierdo del hombre.
– Pero sin duda él sabe que hoy se celebra la boda, Tommy -terció Lady Helen en un tono de moderada protesta.
Lynley soltó un bufido irritado.
– Naturalmente que lo sabe. -Su mirada se demoró en el césped antes de volver a fijarse en Barbara-. ¿De qué se trata? ¿De ese Destripador? Me dijeron que John Stewart trabajaría en el caso con MacPherson.
– Por lo que sé, se trata de un asunto en el norte. Hay una chica implicada.
Barbara pensó que él apreciaría esta información, pues la presencia de una mujer ponía la guinda al caso. Esperó a que él le preguntara por los detalles que, sin duda, eran lo que más importaba: edad, estado civil y medidas de la damisela cuya aflicción estaba dispuesto a remediar.
Lynley entrecerró los ojos.
– ¿En el norte?
– Bueno -terció lady Helen, con una risita pesarosa-. Se acabaron nuestros planes para ir a bailar esta noche, querido Tommy, y eso que casi había persuadido a Sydney para que también viniera.
– Qué se le va a hacer – replicó Lynley.
Pasó bruscamente de las sombras a la luz, y tanto la tirantez del movimiento como la expresión de su rostro, que evidenciaban una reacción contenida, indicaron a Barbara hasta qué punto estaba realmente irritado.
Lady Helen también lo vio, pues intervino de nuevo, jovialmente.
– Claro que Syd y yo podemos ir a bailar solas. Ahora la androginia está de moda y sin duda una de nosotras podría pasar por un hombre, sin que importe cómo vista. O podríamos hacer otra cosa: telefonear a Jeffrey Cusick.
Todo esto era una especie de broma privada entre ellos, y ejerció el efecto deseado, pues Lynley se relajó y una sonrisa se dibujó en sus labios, a la que pronto siguió una risa seca.
– ¿Cusick dices? Dios mío, qué terribles son los tiempos que corren.
