– Le necesitan en el Yard.

– Pobre hombre, qué injusto es lo que le hacen. -Lady Helen hablaba más para sí misma que para su interlocutora, pues, de improviso, dirigió a Barbara una sonrisa llena de excusas-. Pero usted no tiene la culpa, ¿verdad? Venga, iremos a buscarle.

Sin aguardar respuesta, se dirigió a la puerta que daba acceso al jardín, y Barbara no tuvo más remedio que seguirla. Sin embargo, al primer atisbo de las mesas cubiertas con manteles blancos ante las que los invitados, vestidos con elegancia, charlaban y reían, Barbara retrocedió rápidamente al penumbroso vestíbulo, llevándose maquinalmente los dedos al nudo de la corbata.

Lady Helen se detuvo y posó en ella sus ojos oscuros, pensativa.

– ¿Quiere que le traiga a Tommy? -le ofreció, sonriendo de nuevo-. Le costará encontrarle entre tanta gente.

– Gracias -replicó rígidamente Barbara, y contempló cómo la otra cruzaba el césped hasta un grupo enzarzado en una alegre conversación alrededor de un hombre alto que daba la impresión de haber nacido vestido de etiqueta.

Lady Helen le tocó el brazo y le dijo unas palabras. El hombre miró hacia la casa, revelando un rostro que tenía el sello inequívoco de la aristocracia. Parecía el rostro de una escultura griega, atemporal. Se apartó de la frente el cabello rubio, depositó su copa de cava en una mesa cercana y, tras intercambiar una pulla con uno de sus amigos, se encaminó a la casa, con lady Helen a su lado.

Desde su lugar seguro entre las sombras, Barbara observó la aproximación de Lynley. Sus movimientos eran garbosos, fluidos, como los de un gato. Era el hombre más apuesto que había conocido en su vida. Y le odiaba.

– Hola, sargento Havers -le dijo cuando llegó a su lado-. Este fin de semana no estoy de servicio.

Barbara comprendió claramente lo que quería decir: “Me estás interrumpiendo, Havers.”

– Me ha enviado Webberly, señor. Llámele si lo desea.



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