– ¿Ha venido en coche? -le preguntó de súbito a Barbara, y empezó a cruzar el vestíbulo, alejándose de la fiesta.

Ella le siguió desconcertada.

– Un Mini. No es el vehículo más apropiado para una indumentaria como la suya.

– Estoy seguro de que me adaptaré. Soy como un camaleón. ¿De qué color es?


A Barbara le extrañó esa pregunta. Era un intento mal disimulado de entablar conversación mientras se dirigían a la parte delantera de la casa.

– Está tan oxidado que lo más exacto sería decir que es de color rojo de orín.

– Ah, es mi color favorito.

Abrió una puerta y la invitó a entrar en una sala oscura.

– Esperaré en el coche, señor. Lo he dejado…

– Quédese aquí, sargento.

Era una orden.

Barbara le precedió a regañadientes. Las cortinas estaban corridas y la única luz procedía de la puerta que habían abierto, pero la sargento pudo ver que se trataba de la habitación de un hombre, con las paredes forradas de suntuosa madera oscura de roble, llena de estanterías con libros, muebles antiguos y una atmósfera saturada con el olor del cuero viejo y la fragancia del whisky escocés.

Absorto en sus pensamientos, Lynley se dirigió a una pared cubierta con fotografías enmarcadas y permaneció allí en silencio, mirando el retrato que ocupaba el lugar central entre todos los demás. La foto había sido tomada en un cementerio, y el hombre retratado se inclinaba para tocar la inscripción de una lápida, muy desdibujada por los largos años a la intemperie. La hábil composición de la imagen dirigía la mirada del espectador no a la desgarbada colocación de la pierna, sujeta por un tensor, que distorsionaba la postura del hombre, sino al profundo interés que iluminaba su rostro enjuto. Sumido en la contemplación de la foto, Lynley pareció haberse olvidado de la presencia de Barbara. Ésta decidió que aquel momento era probablemente tan bueno como otro cualquiera para darle la noticia.



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