
– Ya no estoy en la calle -le anunció de sopetón-. Por eso he venido, si quiere saberlo.
Lynley se volvió lentamente hacia ella.
– ¿Está de nuevo en el Departamento? -le preguntó-. Eso es bueno para usted, Barbara.
– Pero no para usted.
– ¿Qué quiere decir?
– Bien, alguien tendrá que decírselo, ya que está claro que Webberly no lo ha hecho. Permítame que le felicite: han decidido que trabajemos juntitos. -Esperaba ver en el rostro del hombre una expresión de sorpresa, y cuando se convenció de que seguía tan impasible como antes, continuó-: Francamente, es muy raro que me hayan asignado a usted… no crea que no lo sé, y no se me ocurre qué puede pretender Webberly con esto. -Tropezó con sus propias palabras, sin oírlas apenas, insegura de si trataba de impedir o provocar la reacción inevitable de Lynley: el estallido de ira, el movimiento hacia el teléfono para exigir una explicación o, peor todavía, aquella cortesía glacial que duraría hasta que estuvieran en el despacho del comisario jefe-. Lo único que se me ocurre es que no hay nadie más disponible para ese trabajo, o que tengo alguna especie de precioso talento oculto que sólo Webberly conoce. O quizás todo sea una broma.
Se echó a reír, un poco más fuerte de lo que habría sido correcto.
– O tal vez sea usted la persona más adecuada para ese trabajo -dijo Lynley-. ¿Qué sabe del caso?
– ¿Yo? Nada… sólo que…
– ¿Tommy?
Los dos se volvieron al oír la voz que emitió aquella única palabra en un susurro. La novia estaba en el umbral, con un ramillete de flores en una mano y algunas más prendidas en la cascada de cabello cobrizo que le caía sobre los hombros y la espalda. La luz del pasillo la iluminaba por detrás y, con su vestido blanco marfileño, parecía rodeada por una nube, como una creación de Tiziano que hubiera cobrado vida.
– ¿Helen dice que te marchas…?
