
– Tú sí que has esperado, cariño -dijo entonces a quienquiera que estuviese al otro lado de la línea-. ¿Has roto por fin con Jeffrey Cusick…? ¡Ja! Lo sabía, Helen. Te he dicho infinidad de veces que un legueyo no puede hacerte feliz. ¿Acabó bien la recepción?… ¡No me digas! ¡Dios mío, debe de haber sido una escena impresionante! ¿Ha gritado Andrew alguna vez en su vida?… Pobre Saint James. ¿Estaba humillado?… Bueno, son los efectos del cava, ya sabes. ¿Se recuperó Sydney?… Sí, bueno, así pareció durante un rato, como si al final estuviera a punto de deshacerse en lágrimas. Nunca ha ocultado que Simon es su hermano favorito… Claro que el baile sigue en pie. Lo prometimos, ¿no?… ¿Puede darme… pongamos una hora?… ¡Helen! ¡Por Dios, que muchacha tan traviesa! -Riendo, colgó el aparato-. ¿Aún está aquí, sargento? -preguntó al levantarse de la mesa.
– No tiene usted coche, señor -replicó ella rígidamente-. Decidí esperar por si necesitaba que le lleve a casa.
– Muy amable por su parte, pero ya nos hemos quedado aquí demasiado tiempo y estoy seguro de que tiene cosas mucho mejores que hacer un sábado por la noche que acompañarme a casa. Tomaré un taxi. -Se inclinó sobre la mesa de Webberly y escribió algo en un trozo de papel-. Aquí tiene mi dirección -le dijo, alargándole el papel-. Preséntese ahí mañana a las siete, ¿de acuerdo? Así tendremos tiempo para estudiar la situación antes de dirigirnos a Yorkshire. Buenas noches.
Lynley salió del despacho.
Barbara miró el papel que tenía en la mano. Aunque escrito precipitadamente, la caligrafía conservaba su elegancia. Lo miró durante más de un minuto antes de romperlo en trozos diminutos que arrojó a la papelera. Sabía perfectamente donde vivía Thomas Lynley.
Empezó a sentirse culpable en Uxbridge Road.
