
– La muerte lo cierra todo -murmuró-. Es en blanco y negro, carne sin elasticidad. ¿Quién podría reconocer esto como un ser vivo?
– O esto, ya que estamos en ello -respondió Webberly, y señaló bruscamente las fotografías que le había entregado el padre Hart.
Lynley se reunió con ellos, poniéndose al lado de Barbara, pero ésta sabía bien que el detalle no significaba nada. Observó las distintas expresiones que adoptaba el rostro del inspector a medida que iba examinando las fotografías por última vez: repulsión, incredulidad, compasión. Era tan fácil leerle el rostro que la sargento se preguntó cómo podía realizar con éxito una investigación sin que el sospechoso le viera venir. Lo cierto era que lo lograba continuamente. Barbara conocía los éxitos que jalonaban su hoja de servicios, la serie de condenas tras sus brillantes servicios. Era el “muchacho de oro” en más de un aspecto.
– Bien, mañana iremos allí -dijo el inspector jefe. Cogió un sobre de papel manila e introdujo en él los documentos cuidadosamente.
Webberly examinaba un horario de trenes que había rescatado de entre el revoltijo de papeles y carpetas que cubrían su mesa.
– Tomen el de las ocho cuarenta y cinco.
– Tenga un poco de misericordia, señor -refunfuñó Lynley-. Quisiera estar libre durante diez horas, por lo menos, para librarme de este dolor de cabeza.
– Entonces el de las nueve treinta. No quiero que salgan más tarde. -Webberly miró a su alrededor por última vez y se puso un abrigo de tweed. Al igual que sus otras prendas, estaba raído en diversos sitios, y en la solapa izquierda había un pequeño remiendo: seguramente era el lugar más afectado por la ceniza de los cigarros-. El martes quiero un informe -dijo al salir.
La ausencia del inspector jefe pareció rejuvenecer a Lynley de inmediato. Con sorprendente presteza, marcó un número, tamborileó incansablemente con los dedos sobre la mesa y consultó el reloj de pared. Transcurrió casi un minuto antes de que una sonrisa iluminara su rostro.
