
Snook sorbió un trago cavilosamente. Ahora que lo pensaba, había visto un grupo de turistas europeos con gafas de magniluct en la piscina, y se había preguntado por qué necesitaban gafas para la oscuridad en medio de ese brillo abrasador. Al principio le había parecido simplemente otro ejemplo de las excentricidades típicas de los seres humanos demasiado civilizados, pero ahora le asaltaban otras ideas.
Estaban casi a fines de mayo, recordó trabajosamente Snook, y pronto se produciría un importante acontecimiento astronómico. No le interesaba la astronomía, y de las conversaciones oídas a los pilotos había deducido vagamente la aproximación de un objeto vasto pero tenue, menos sustancial que la cola gaseosa de un cometa. Y cuando supo que el objeto ni siquiera era visible, salvo gracias a una extraña propiedad de las gafas de magniluct, Snook lo calificó de poco más que una ilusión óptica y lo olvidó por completo. Sin embargo parecía que los demás se interesaban profundamente, y esto era otra prueba más de que Snook no marchaba al mismo paso que el resto de la humanidad.
Bebió un largo trago del líquido brumoso y cristalino, pero notó que el sentimiento de inquietud no se había disipado: advertir que seguía el ritmo de un tambor diferente no implicaba ninguna novedad. La vaga embriaguez que había estado saboreando se disolvió de golpe, y eso le fastidió. Se puso de pie y se quedó frente al largo ventanal, entornando los ojos contra el resplandor de la arena, el mar y el cielo. El grupo de europeos seguía reunido en la piscina cubierta. Por un momento pensó en acercárseles y preguntar si había algún suceso reciente del que conviniera estar al tanto, pero eso lo enredaría en contactos humanos innecesarios y optó por no hacerlo. Se alejaba del ventanal cuando avistó la nube de polvo de un vehículo que se acercaba velozmente desde el norte, la dirección donde estaban el poblado y la base aérea. En menos de un minuto distinguió un jeep pintado con el camuflaje terroso de las fuerzas armadas del sultán.
