
El día había tenido un buen comienzo para Snook. Había saltado de la cama bien descansado tras de un largo sueño, había disfrutado de un desayuno a la occidental, había nadado en la piscina un par de horas, y ahora tomaba un aperitivo antes del almuerzo. La base aérea y el poblado de los nativos, a cinco kilómetros de distancia, estaban ocultos tras de una loma baja que permitía a Snook convencerse fácilmente de que en el mundo entero no había nada salvo el hotel, el ancho océano azul y las cimitarras de arena blanca que se curvaban a ambos lados de la bahía. De vez en cuando pensaba en la cita que tenía esa noche con Eva, una intérprete de una consultoría técnica alemana en la ciudad, pero por el momento sólo le interesaba embriagarse moderada y felizmente.
Le asombró, por lo tanto, descubrir en sí mismo una sensación de inquietud que se agudizaba a medida que el sol pasaba el cenit. Snook había aprendido a confiar en sus premoniciones — a veces sospechaba que era ligeramente sensitivo—, pero al echar un vistazo al vestíbulo espacioso y casi desierto no halló nada que pudiera haber provocado alarmas subconscientes. Desde su asiento ante la ventana, Snook podía atisbar una pequeña alacena detrás del bar y le sorprendió advertir que el barman de chaqueta blanca entraba para ponerse lo que parecía un par de gafas de magniluct. El barman, un delicado joven árabe, se quedó totalmente rígido un momento, mirando hacia arriba; luego guardó las gafas y volvió al mostrador, donde susurró algo al camarero negro. Los ojos del camarero destellaron blancos en la cara africana, mirando el cielo raso con aprensión.
