No tenían una vida normal, estaban muy unidas, en ocasiones incluso tenían la impresión de ser una sola persona, pero en el fondo eran muy diferentes. Victoria era más atrevida y traviesa, siempre era ella la que se metía en líos, la que deseaba ver otros mundos, mientras que a Olivia le agradaba estar en casa y actuar dentro de los límites establecidos por la familia, el hogar y la tradición. Victoria quería luchar por los derechos de las mujeres y consideraba el matrimonio una costumbre bárbara e innecesaria, ideas que en opinión de Olivia eran una locura, un capricho pasajero.

– ¿ Cuándo has aprendido a conducir?

Olivia acompañó la pregunta con unos golpecitos impacientes del pie.

Victoria se echó a reír y lanzó el cigarrillo sobre un montón de tierra. Olivia siempre representaba el papel de hermana mayor, aunque sólo se llevaban once minutos, que sin embargo marcaban una gran diferencia, pues Victoria había confesado hacía tiempo que se sentía culpable de la muerte de su madre. «¡Tú no la mataste! -había protestado Olivia-. «¡Dios nos la arrebató!»

Un día la señora Peabody presenció la discusión y les explicó que un parto siempre era difícil, incluso en circunstancias normales, y que tener gemelos era una hazaña que sólo los ángeles podían acometer. Por tanto, estaba claro que su madre era un ángel que las había depositado en la tierra para regresar después al cielo. Aunque esta idea le sirvió de consuelo durante algún tiempo, Victoria seguía convencida de que ella era la culpable de su muerte y su hermana no había logrado hacerla cambiar de opinión.

– Aprendí yo sola este invierno -respondió Victoria encogiéndose de hombros

– ¿Tú sola? ¿Cómo?

– Cogí las llaves y lo intenté. Al principio abollé el coche un poco, pero Petrie no sospechó nada, pensó que le habían dado un golpe mientras estaba aparcado -explicó Victoria con orgullo

Olivia la observó con severidad al tiempo que reprimía una carcajada.



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