
– No uso ese apellido -dijo ella, frunciendo el ceño mientras se preguntaba cuántos más emisarios pensaban mandarle antes de darse por vencidos.
– Wajid Sulieman me ha pedido que venga a verte. Shakarian es el nombre de tu familia.
– Estoy trabajando y no tengo tiempo -dijo ella a la vez que estudiaba sus increíbles ojos, las pobladas pestañas y las perfectas cejas, la piel cetrina, los pómulos marcados y los sensuales labios.
El corazón le latió con fuerza y se dio cuenta de que le faltaba el aire, una reacción que la irritó porque se enorgullecía de tener una armadura de indiferencia frente a los hombres.
– ¿No vas a ir a comer? -preguntó uno de sus compañeros de trabajo al pasar a su lado.
– Podríamos almorzar juntos -se apresuró a sugerir Raja.
Desde que su avión había aterrizado aquella fresca mañana de primavera en Yorkshire, el príncipe Raja se sentía como un marciano recién llegado a un extraño planeta. No estaba acostumbrado a ciudades pequeñas, ni a alojarse en hoteles de tercera.
– Si quieres hablarme de la propuesta de Wajid, la respuesta es «no» -dijo Ruby, poniéndose en pie y tomando el bolso sin molestarse en aclarar que siempre comía en casa.
A Raja le hizo gracia haberse hecho una idea equivocada de su altura debido al aspecto esbelto que presentaba en la fotografía, y comprobar que en realidad le llegaba a mitad del pecho.
Ruby se inclinó hacia él para no ser oída por nadie y usando una entonación sarcástica, dijo:
– ¿Tú crees que parezco una princesa?
– No, pareces una diosa -se oyó decir el príncipe antes de censurar sus pensamientos.
– ¿Una diosa? -preguntó Ruby, sorprendida-. Nunca me habían dicho algo así.
Y le dedicó una sonrisa que lo dejó tan consternado, que solo fue capaz de preguntar:
– ¿Almorzamos?
Ruby estaba a punto de rechazar la oferta cuando vio que Steve la esperaba en la puerta, y pensó que si la veía con otro hombre conseguiría quitárselo de encima.
