
Aquel segundo golpe sentimental había roto el corazón de Vanesa, que había muerto al poco tiempo, precisamente de un ataque cardiaco.
«Mi error ha sido dejarme llevar por los sentimientos», le había dicho a menudo a Ruby. «No te dejes seducir por encantadores de serpientes como he hecho yo».
De carácter fuerte e inteligente, Ruby era muy práctica y detectaba al instante a cualquiera que quisiera aprovecharse de ella. Había amado mucho a su madre y prefería recordarla como una mujer cariñosa y buena, demasiado inocente con los hombres. Por otro lado, su padrastro había sido un ser repugnante al que ella había temido y odiado. Mientras su madre creía en el amor, en su experiencia Ruby había aprendido que los hombres solo querían sexo. Como otros hombres antes que él, Steve le había hecho sentir asco, y estaba decidida a romper con él.
Después del trabajo volvió a su casa, un pareado que compartía con su amiga Stella Carter y su perra Hermione.
La esclavitud que representaba un perro estaba compensada con creces por la compañía y la protección que la fiel Jack Russel Terrier le había proporcionado a lo largo de los años. Hermione la había protegido de su padrastro, evitando que entrara a hurtadillas en su dormitorio durante la noche.
Al llegar, le sorprendió ver un lujoso BMW aparcado delante de la casa, y apenas había metido la llave en la cerradura cuando la puerta se abrió de par en par.
– ¡Menos mal que has llegado! -exclamó Stella con ojos desorbitados. En un susurro, añadió-: Tienes visita.
Alguien relacionado con tu padre biológico.
Desconcertada, Ruby entró en la pequeña sala que parecía abarrotada de gente. Un hombre bajo de cabello gris la saludó con una reverencia, seguido de un hombre más joven y de una mujer madura, de modo que Ruby se encontró mirando las coronillas de tres cabezas.
