– Alteza -dijo el hombre mayor-, es un placer conocerla

– Desde que ha llegado insiste en que eres una princesa -masculló Stella.

– Yo no soy princesa -dijo Ruby con expresión entre incómoda y divertida-. ¿Quién es usted?

Wajid Sulieman se presentó a sí mismo, a su mujer, Anilla, y a su ayudante.

– Represento los intereses de la familia real de Ashur, y me temo que en primer lugar he de darle malas noticias.

Ruby les pidió que se sentaran. Entonces Wajid le informó de que su tío Tamim, su mujer y su hija, Bariah, habían muerto en un accidente de aviación tres semanas antes. Los nombres le resultaron vagamente familiares por la única visita que había realizado a Ashur cuando tenía catorce años.

– Si no recuerdo mal, mi tío era el rey…

– Y hasta el año pasado, su hijo mayor era su heredero -explicó Wajid.

Ruby lo miró sorprendida.

– ¿Tengo un hermano?

– Su padre tuvo dos hijos con su segunda esposa.

– No lo sabía -dijo Ruby con sarcasmo-. ¿Ellos saben de mí?

Wajid puso gesto solemne.

– Es mi deber darle la triste noticia de que ambos murieron en la reciente guerra entre Najar y Ashur.

Ruby abrió los ojos desorbitadamente.

– Es cierto…, he leído sobre la guerra en la prensa. ¡Lo siento mucho! Debían ser muy jóvenes -dijo, incómoda con su grado de desconocimiento de la realidad.

No había conocido ni a su padre ni a ninguno de sus familiares. Cuando había planeado el viaje al país, Vanesa había escrito una carta anunciando sus planes, pero ni siquiera había recibido respuesta. Tampoco había contestado nadie a sus llamadas una vez llegaron, de manera que no habían podido visitar el palacio, y ambas habían pasado por la humillante experiencia de que se les impidiera la entrada en la misma verja cuando la familia de su padre se había negado a recibirlas. Desde aquel instante, Ruby había borrado de su mente toda curiosidad por su lado ashurí.



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