
– Debía haberlo imaginado -dijo Eichmann con desdén.
– Lo dejo aquí con Herr Geller para que se acomoden -dijo
Fuldner a Eichmann. Luego se dirigió a mí y añadió-: Herr Hausner, tiene una cita esta mañana.
– ¿Yo?
– Sí. Vamos a la comisaría de policía en Moreno-dijo-. Al Registro de Extranjeros. Todos los recién llegados tienen que presentarse para obtener una cédula de identidad. Le aseguro que es un mero trámite rutinario, Herr Doctor Hausner. Fotografías y huellas, ese tipo de cosas. La necesitan todos para trabajar, por supuesto, pero para guardar las apariencias es mejor que no vayan todos a la vez.
Al salir del piso franco, Fuldner confesó que, aunque era cierto que todos necesitábamos una cédula de la comisaría local, no era ahí adónde íbamos en ese momento.
– Comprenda que tenía que decir algo-dijo-. No podía mencionar adónde vamos sin herir los sentimientos de ellos dos. -No, sería terrible -dije mientras subía al coche.
– Y, por favor, cuando volvamos, por el amor de Dios, no les diga dónde hemos estado. Gracias a Eifler, ya hay bastante resentimiento en esa casa para que usted ponga la guinda.
– Claro. Guardaré el secreto.
– Tómeselo de guasa, si quiere -dijo mientras encendía el motor y arrancaba el coche-, pero yo soy el que se va a reír cuando descubra adónde vamos.
– No me diga que ya me van a deportar.
– No, de eso nada. Vamos a ver al presidente.
– ¿Juan Perón quiere verme? Fuldner se rió tal como había anunciado. Supongo que puse cara de idiota.
– ¿Pero qué he hecho yo? ¿He ganado.algún premio importante? ¿Soy el forastero más prometedor que acaba de llegar a este país?
– . Aunque no lo crea, a Perón le gusta recibir personalmente a muchos oficiales alemanes que llegan a Argentina. Siente predilección por Alemania y los alemanes.
– No se puede decir eso de todo el mundo.
– Al fin y al cabo es militar.
