
– Hola, amigos, ¿no tendrán un cigarrillo? -preguntó Eifler-. Creo que se me han acabado.
Kuhlmann le dio uno y le ayudó a encenderlo. Entretanto, Fuldner se disculpaba por la miseria del lugar, recalcando que sólo era para unos días y que, si Eifler seguía ahí, era porque había rechazado todos los empleos que le ofreció la DAlE, la organización que nos había traído a Argentina. Lo dijo con bastante naturalidad, pero nuestro nuevo compañero de piso se irritó visiblemente.
– No he recorrido medio mundo para trabajar -dijo Eifler con acritud-. ¿Por quién me toman? Soy un oficial alemán y un caballero, no un empleado de banco de pacotilla. La verdad, Puldner, no sé cómo pretenden semejante cosa. Cuando estábamos en Génova, nadie nos dijo que tendríamos que trabajar para ganarnos la vida. Desde luego, yo no habría venido, si hubiera sabido que pretendían que me ganase el pan. Ya es bastante fastidioso tener que abandonar la casa familiar en Alemania para encima aceptar la humillación de estar bajo las órdenes de un jefe.
– ¿Prefería caer en manos de los aliados, Herr Eifler? -preguntó Eichmann.
– La soga americana o el ronzal argentino -dijo Eifler-. No es mucha elección para un hombre con una trayectoria como la mía. Francamente, preferiría que me hubieran matado los Popov antes que sentarme todos los días a las nueve de la mañana delante de una mesa de oficinista. Es poco civilizado. -Sonrió fríamente a Kuhlmann-. Gracias por el cigarrillo. Por cierto, bienvenidos a Argentina. Y ahora, si me disculpan, caballeros. -Con una fría reverencia entró renqueante en su habitación y cerró la puerta.
– A unos les cuesta más que a otros adaptarse -dijo Fuldner, encogiéndose de hombros-. Sobre todo a los aristócratas como Eifler.
