
– ¿Qué lleva en la bolsa? -preguntó.
– Ropa. Cosas de aseo. Algo de dinero.
– ¿Le importa enseñármelo?
– No -respondí, aunque me importaba mucho-. No, claro.
Coloqué la bolsa sobre una mesa de caballete y me disponía a desabrocharla cuando un hombre subió corriendo la pasarela del barco, gritando algo en español y luego en alemán.
– ¡Todo está en orden! Lamento el retraso. No es necesario todo este trámite. Ha habido un malentendido. Sus documentos están en regla. Lo sé porque los he preparado yo.
Añadió algo más en español sobre nuestra categoría de ilustres forasteros alemanes y, de inmediato, la actitud de los agentes cambió. Ambos se pusieron firmes. El agente de inmigración devolvió el pasaporte a Eichmann, dio un taconazo y dedicó el saludo de Hitler al hombre más buscado de Europa, un enérgico «Heil Hitler› que debió de oírse en toda la cubierta.
El rostro de Eichmann adquirió diversas tonalidades de rojo y, a semejanza de una tortuga gigante, se encogió en el interior del cuello del abrigo como si quisiera desaparecer. Kuhlmann y yo soltarnos una carcajada al ver el bochorno de Eichmann cuando recogía el pasaporte y salía precipitadamente por la pasarela hacia el muelle. Todavía nos reíamos cuando entramos con él en el asiento trasero de un gran coche negro americano con un letrero en el parabrisas que decía: «VIANORD».
– A mí no me ha hecho ninguna gracia -dijo Eichmann.
– Claro -dije yo-. Por eso ha sido tan gracioso.
– Tenías que haber visto tu cara, Ricardo-dijo Kuhlmann-. ¿Por qué demonios habrá dicho eso? ¿Y precisamente a ti? -Kuhlmann se echó a reír otra vez-. ¡Sí, hombre, sí! ¡Heil Hitler!
