– Pues no le salió nada mal-comenté-. Para ser un simple aficionado.

Nuestro anfitrión, que se había sentado en el asiento del conductor, se volvió en ese momento para estrechamos la mano.

– Lo siento -le dijo a Eichmann-. Algunos agentes son un poco zopencos. Nosotros los llamamos igual que a los cerdos: chanchos. No me extrañaría que ese idiota creyese que Hitler sigue siendo el dirigente alemán.

– ¡Ojalá! -murmuró Eichmann, mirando hacia el techo del coche-. ¡Ojalá lo fuese todavía!

– Me llamo Horst Fuldner -dijo nuestro anfitrión-. Pero los amigos en Argentina me llaman Carlos.

– Qué coincidencia -dije-. Así es como me llaman mis amigos en Argentina. Los dos.

Algunas personas bajaron por la pasarela y miraron con curiosidad a Eichmann por la ventanilla.

– ¿Puede sacarnos de aquí? -suplicó Eichmann-. Por favor.

– Más vale que haga lo que le dice, Carlos -le expliqué a Fuldner-. Antes de que alguien reconozca a Ricardo y llame por teléfono a David Ben-Gurion.

– No se burlaría tanto si estuviera en mi piel -dijo Eichmann-. Los jabones no pararían hasta matarme.

Fuldner arrancó el coche y Eichmann se relajó al ver que nos alejábamos sin contratiempos.

– Ahora que menciona a los jabones -dijo Fuldner-, habría que pensar qué vamos a hacer si alguien los reconoce a ustedes.

– A mí nadie va a reconocerme -dijo Kuhlmann-. Además, los que me buscan son los canadienses, no los judíos.

– Lo mismo da -dijo Fuldner-. Después de los españoles y los italianos, los jabones son el grupo étnico más importante del país. Aquí los llamamos rusos, porque la mayoría de los que residen aquí vinieron para librarse del pogromo del zar ruso.

– ¿Cuál? -preguntó Eichmann.

– ¿Qué quiere decir?

– Hubo tres pogromos-dijo Eichmann-. Uno en 1821, otro entre 1881 y 1884, Y el tercero empezó en 1903. El pogromo de Kishinev.



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