
A juzgar por su nuca lustrosa, me pareció que Fuldner debía de rondar los cuarenta. Hablaba alemán con soltura, pero se apreciaba un dejo dulce en su tono. Para dominar la lengua de Goethe y Schiller hay que afilar las vocales con sacapuntas. Le gustaba hablar, eso era evidente. No era alto ni guapo, pero tampoco bajo ni feo; era un tipo corriente, con un buen traje, buena educación y pulcra manicura. Le eché otro vistazo cuando detuvo el vehículo en un paso a nivel y se volvió para ofrecernos cigarrillos. Tenía la boca ancha y sensual, la mirada vaga pero inteligente y la frente alta como la cúpula de una iglesia. En un casting de cine lo escogerían para un papel de cura, o abogado, o tal vez gerente de hotel. Chasqueó el pulgar en un Dunhill, encendió un cigarro y empezó a hablar de sí mismo. Eso me gustó. Ahora que la conversación no versaba sobre los judíos, Eichmann miraba por la ventanilla con cara de aburrimiento. En cambio, yo soy de los que escuchan atentamente las anécdotas de mi redentor. Al fin y al cabo, por algo mi madre me mandó a catequesis.
– Nací aquí, en Buenos Aires, en una familia de inmigrantes alemanes -dijo Fuldner-. Pero durante un tiempo nos trasladamos a Alemania, a Kassel, donde estudié. Después del colegio trabajé en Hamburgo. En 1932 entré en las SS y fui capitán hasta que me trasladaron al SD para dirigir una operación de espionaje aquí en Argentina. Desde la guerra, varias personas y yo dirigimos Vianord, una agencia de viajes que se dedica a ayudar a nuestros viejos camaradas a escapar de Europa. Por supuesto, nada de eso sería posible sin la ayuda del presidente y su esposa, Eva. En 1947, durante el viaje que hizo a Roma para visitar al Papa, Evita empezó a ver la necesidad de ofrecer a hombres como ustedes la oportunidad de iniciar una nueva vida.
