
– Así que todavía hay cierto antisemitismo en el país, por lo que se ve -comenté.
Kuhlmann se rió, al igual que Fuldner. Pero Eichmann guardó silencio.
– Qué gusto volver a estar con alemanes -dijo Fuldner-. El humor no es una virtud nacional de los argentinos. La preocupación por su propia dignidad les impide reírse, sobre todo de sí mismos.
– En eso se parecen mucho a los fascistas -dije.
– Bueno, es algo distinto. Aquí el fascismo es sólo superficial. Los argentinos no tienen interés ni inclinación por ser auténticos fascistas.
– Puede que este país me guste más de lo que pensaba -dije.
– ¡No me diga! -exclamó Eichmann.
– No me haga mucho caso, Herr Fuldner -le dije-. No soy tan furibundo como nuestro amigo de la pajarita y las gafas, que sigue sin aceptar la realidad. Si no me equivoco, todavía se aferra a la idea de que el Tercer Reich va a durar mil años.
– ¿Usted cree que no?
Kuhlmann se rió.
– ¿Siempre se ríe de todo, Hausner? -El tono de Eichmann era airado e impaciente.
– Sólo me río de las cosas que me hacen gracia -respondí-. No se me ocurriría reírme de algo importante de verdad si le molestase, Ricardo.
Sentí que los ojos de Eichmann me ardían en la mejilla y, cuando me volví hacia él, adoptó un gesto circunspecto y puritano en la boca. Por un instante siguió clavándome la mirada como si desease apuntarme con un fusil.
– ¿Qué hace usted aquí, Herr Doctor Carlos Hausner?
– Lo mismo que usted, Ricardo. Huyo de todo aquello.
– Sí, pero ¿por qué? ¿Por qué? No tiene pinta de nazi.
– Soy un nazi de tipo bistec. Sólo tostado por fuera. Por dentro soy bastante rojo.
Eichmann miró por la ventanilla como si no soportase mirarme ni un segundo más.
