
Capítulo 1
La noche era cálida y fragante, pero de un perfume tan agobiante como sólo puede serlo una noche de verano romana. El patio del palacio de Letrán, envuelto en la penumbra, se llenaba de los aromas agridulces de las hierbas que crecían en los arriates bien cuidados de los bordes; el olor almizcleño del basilisco y la acritud del romero ascendían, casi sofocantes, en el aire irrespirable. El joven oficial de guardia de los custodes del palacio levantó la mano para enjugarse las gotitas de sudor concentradas en la frente bajo el casco de bronce. Aunque la atmósfera era entonces opresiva, pensó que al cabo de unas pocas horas agradecería la calidez del resistente sagus de lana, que le colgaba suelto de los hombros, pues cuando empezara a amanecer la temperatura descendería de forma repentina.
La única campana de la cercana basílica de san Juan dio las doce de la noche, la hora del ángelus. Al sonar la campana, el joven oficial musitó obedientemente la oración ritual: «Ángelus Domini nuntiavit Mariae… Los ángeles del Señor anunciaron a María…». Murmuró la plegaria de forma automática, sin poner sentimiento en las palabras ni prestar atención al significado de las frases. Tal vez porque su mente no estaba concentrada en la fórmula oyó el ruido.
Por encima del tañido de la única campana y el ruido del chorro de la fuentecita situada en el centro del patio, le llegaba otro sonido a sus oídos. Un rumor de cuero arrastrándose sobre el suelo empedrado. El joven custos frunció el ceño e inclinó la cabeza para identificar de dónde provenía el ruido. Estaba seguro de haber oído unos pasos pesados entre las oscuras sombras al otro extremo del patio.
