– ¿Quién anda ahí? -inquirió.

No hubo respuesta.

El oficial de guardia extrajo con cuidado su espada corta de la vaina de cuero, era el gladius de hoja ancha con el que las famosas legiones de Roma, tiempo atrás, habían impuesto su voluntad imperial sobre los pueblos del mundo. Arrugó el entrecejo al pensar algo tan intrascendente. Ahora esta misma espada corta defendía la seguridad del palacio del obispo de Roma, el santo padre de la Iglesia universal de Cristo (Sacrosancta Laternensis ecclesia, omnium urbis et orbis ecclesiarum mater et caput).

– ¿Quién anda ahí? Presentaos -volvió a exigir, con una voz que se hizo áspera al dar la orden.

Tampoco hubo respuesta, pero… sí; el oficial oyó unos pies que se arrastraban, luego unos pasos apresurados. Alguien se alejaba del patio, que parecía envuelto en una mortaja, y tomaba una de las callejuelas oscuras. El custos maldijo en silencio la negrura del patio pero, con zancadas rápidas, avanzó por el adoquinado y llegó hasta la entrada de la callejuela. En la penumbra vio una silueta de hombros cargados que se movía con rapidez.

– ¡Alto!

El joven oficial gritó lo más fuerte que pudo.

La figura empezó entonces a correr; sus sandalias planas de cuero golpeaban contra la piedra con sonoridad.

Dejando la dignidad a un lado, el custos empezó a correr calle abajo. Aunque que él era joven y ágil, su presa debía de serlo más, pues cuando el oficial llegó al final de la callejuela no quedaba ya rastro de ella. La callejuela daba a un patio más amplio, que, a diferencia del patio más pequeño de más atrás, estaba bien iluminado con varias antorchas. La razón de ello era simple; este patio estaba rodeado por las estancias de los administradores del palacio papal, en tanto que el pequeño era tan sólo la entrada a los alojamientos de los invitados.



3 из 278