El joven monje hizo una reverencia y se dirigió hacia la puerta por el extenso salón en el que sus pasos retumbaban.

Gelasio puso su papeles a un lado y se acomodó en su silla de madera tallada para observar la entrada de la joven extranjera anunciada por su factótum, el hermano Dono.

La puerta se abrió y entró una figura alta vestida de religiosa. El vestido resultaba obviamente extranjero para Roma, observó Gelasio; la camilla de lana sin teñir y la túnica de lino blanco indicaban que quien así vestía era alguien recién llegado al clima cálido de Roma. La mujer atravesó el mosaico del suelo del salón imprimiendo a su paso un garbo juvenil que no cuadraba con el recato que requería el hábito religioso. Pero su forma de aproximarse no resultaba carente de gracia. Gelasio advirtió que aunque era alta, su cuerpo estaba bien proporcionado. Unos mechones rebeldes de cabello pelirrojo surgían de debajo de su tocado. Los ojos oscuros de Gelasio se posaron en los rasgos jóvenes y atractivos de su rostro y quedaron fascinados por el verde brillante de los ojos de la mujer.

Ella se detuvo ante él, con el ceño ligeramente fruncido. Gelasio se quedó sentado en la silla, tendió su mano, en cuyo dedo corazón había un gran anillo de oro con una esmeralda incrustada. La joven dudó y luego tendió su mano derecha y cogió la de Gelasio suavemente, inclinando su cabeza hacia adelante con rigidez.

Gelasio controló su sorpresa. En Roma un miembro de los religiosos se hubiera arrodillado ante él y le hubiera besado el anillo en señal de respeto hacia su alto rango. Esta joven extraña y extranjera simplemente había inclinado la cabeza en reconocimiento de su oficio y no como muestra de humildad. La expresión que mostraba ella era algo forzada, como si quisiera disfrazar su irritación.

– Bienvenida, hermana… ¿Fidelia…? -dijo Gelasio, dudando respecto al nombre.



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