– ¿Tratas de emborracharme, amigo?

– Desde luego.

Ella se echó a reír, algo que él la veía hacer cada vez con mayor facilidad y más a menudo, y encogiéndose de hombros alzó la copa.

– ¡Qué demonios! No voy a hacerte un desaire. -Bebió de un trago el caro champán como si se tratara de agua y añadió-: Y cuando esté borracha te echaré un polvo que tardarás en olvidar.

El deseo que él había creído saciado por el momento volvió a despertar.

– En ese caso nos emborracharemos los dos -repuso él, llenándose la copa hasta el borde.

– Me gusta este lugar.

Se levantó de la mesa y llevó la copa hasta el grueso muro de mármol. Debía de haber costado una fortuna extraerlo de una cantera y llevarlo allí, pero era Roarke, después de todo.

Inclinándose, contempló el espectáculo de la luna reflejada en el agua y observó los edificios de cúpulas y torres, todos relucientes y elegantes para albergar a la gente deslumbrante y los juegos deslumbrantes que habían ido a jugar.

El casino ya estaba terminado y relucía como una esfera dorada en la oscuridad. Una de las doce piscinas estaba iluminada y el agua brillaba de color azul cobalto. Entre los edificios serpenteaban pasillos aéreos que parecían hilos plateados. Ahora estaban vacíos, pero imaginó cómo estarían dentro de seis meses, un año: atestados de gente envuelta en seda y reluciente de joyas. Acudirían allí para ser mimados entre las paredes de mármol del balneario, con sus baños de barro e instalaciones para embellecer al cuerpo, sus especialistas de voz melosa y sus solícitos androides. Acudirían a perder fortunas en el casino, beber licor selecto en los clubes y acostarse con los cuerpos firmes y suaves de prostitutas con licencia.

Roarke les ofrecería un mundo de maravillas. Pero ése no sería el mundo de Eve. Ella se sentía más cómoda en la calle, en la otra acera del mundo de la ley y el crimen. Roarke lo comprendía, ya que procedía de los mismos orígenes. De modo que él se lo había ofrecido cuando sólo era de los dos.



8 из 272