
– Era el vestido.
– No; eras tú. -Le acarició el rostro-. Eve Dallas, me perteneces.
Eve desbordaba amor, que parecía llegarle en inesperadas oleadas que la dejaban temblorosa.
– Te quiero. -Bajó el rostro hacia él y lo besó-. Parece como que eres mío.
Era medianoche cuando cenaron. En la terraza bañada por la luz de la luna del alto y casi terminado edificio del Gran Hotel Olympus, Eve escarbaba en la langosta rellena y contemplaba la vista.
Con Roarke ocupándose de ello, el Olympus estaría en pleno funcionamiento dentro de un año. De momento lo tenían para ellos solos, si ignoraban a los obreros de la construcción, arquitectos, ingenieros y otros colaboradores que ocupaban la enorme estación espacial.
Desde la pequeña mesa de cristal donde se hallaban sentados se alcanzaba a ver el centro del refugio. Las luces encendidas para los trabajadores nocturnos y el débil zumbido de las máquinas hablaban de jornadas de veinticuatro horas. Las fuentes y las antorchas y arco iris simulados que brotaban de los surtidores de agua eran para ella, Eve lo sabía.
Él había querido que ella viera lo que estaba construyendo para que empezara a hacerse una idea del mundo al que pertenecía ahora que era su esposa.
Esposa. Eve exhaló un suspiro, y bebió un sorbo del champán que él le había servido. Iba a tardar en comprender cómo había pasado de ser Eve Dallas, teniente de homicidios, a esposa de un hombre que, según afirmaban algunos, tenía más dinero y poder que Dios.
– ¿Algún problema?
Ella parpadeó y esbozó una sonrisa.
– No. -Con concentración, hundió un trozo de langosta en la mantequilla derretida (mantequilla auténtica, no artificial, para la mesa de Roarke), y lo saboreó-. ¿Cómo me enfrentaré al cartón que hacen pasar por comida en la cantina cuando vuelva al trabajo?
– De todos modos comes golosinas. -Le llenó hasta arriba la copa de champán y arqueó una ceja al verla entornar los ojos.
