
Al menos una mujer como Eve Dallas.
– Se diría que estás a punto de enfrentarte tú sola a una banda de narcotraficantes.
Eve recogió un zapato y levantó la vista. Es un pecado lo atractivo que es este hombre, pensó. Rostro fuerte, boca de poeta, irresistibles ojos azules. Una melena negra de hechicero. Si se conseguía abandonar la cara y seguir cuerpo abajo, la impresión era igualmente notable. Añá?dase, para completar el lote, ese deje irlandés en la voz.
– Lo que estoy a punto de hacer es mucho más grave. -Al oírse a sí misma gimoteando, Eve frunció el entrece?jo. Ella nunca gimoteaba. Pero lo cierto era que hubiera preferido pelear cuerpo a cuerpo con un drogadicto que hablar de costuras y bajos.
¡Costuras!, por el amor de Dios.
Reprimió un juramento y le observó mientras cru?zaba la espaciosa alcoba. Roarke tenía la facultad de ha?cerla sentir estúpida en los momentos más insospecha?dos. Como ahora al sentarse él a su lado en la amplia cama que compartían.
Roarke le tomó la barbilla.
– Estoy desesperadamente enamorado de ti -dijo.
Pues sí. Aquel hombre de pecaminosos ojos azules, con la fuerte y magnífica apariencia de un ángel caído, la amaba.
– Oh, Roarke… -Eve trató de reprimir un suspiro. Se había enfrentado a un láser en manos de un enloquecido mercenario mutante con menos miedo del que le produ?cía ahora tan inquebrantable emoción-. Dije que iría hasta el final, y lo haré.
Él arrugó la frente. Se preguntaba cómo podía Eve ser tan ajena a su propio atractivo mientras seguía sentada en la cama, calentándose la cabeza, su mal cortado pelo color beige todo copetes y puntas, estimulado por sus manos in?quietas, y las delgadas líneas de fastidio y duda entre sus grandes ojos de color whisky.
– Querida Eve… -la besó ligeramente en los labios amohinados, y luego en la suave hendidura del mentón-, nunca lo he dudado. -Aunque sí, y muy a menudo-. Hoy tengo varios asuntos que solucionar. Anoche lle?gaste muy tarde. No pude preguntarte qué planes tenías.
